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martes, 20 de abril de 2010

La absenta delirante que envenena mi boca

martes, 20 de abril de 2010
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Las horas se amontonan sobre tu vientre
—¿o son segundos?—
en forma de turbadoras caricias
—agónicos combates cuerpo a cuerpo—
hasta perder la conciencia.

¿Hay algo más puro y obsceno que tus besos,
que la absenta delirante que envenena mi boca?




Texto robado de: http://juanantoniobj.blogspot.com/
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viernes, 26 de marzo de 2010

Los clavos que no dejaban de arder

viernes, 26 de marzo de 2010
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Siempre que me descubro escuchando como una yonki esa canción de Placebo sé que algo anda mal, que una de esas pequeñas piezas que dejé colocadas en un equilibrio inverosímil acaba de caer y que de repente todo el conjunto empieza a peligrar.

Me siento de nuevo como una funambulista de la emociones, mirando al frente para evitar caer al abismo de las mejillas húmedas y las respiraciones entrecortadas. Me concentro en mantener quietas mis rodillas, en no dejar que se pongan a temblar, en intentar llegar intacta una vez más al final de la cuerda. Pero entonces las nubes de tormenta vuelven a formarse sobre mi cabeza para convertir el trigo en campos de ortigas, la seguridad en dudas pasadas e irreversibles, la estabilidad de mis pasos en ridículos interrogantes que boicotean mi camino.

Y entonces, como un niño asustado sólo puedo meterme entre las sábanas, acurrucarme fuerte, respirar suave, apretarme por dentro para no deshacerme, lavar mis pestañas de alambre. Prometerme que será la última…y esperar a que pase…
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jueves, 17 de diciembre de 2009

Vendo pieles de gallina por calor de invernadero

jueves, 17 de diciembre de 2009
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Hago de tripas corazón con cada prenda que me quito, con cada preludio de desnudez que espera a ser escondido bajo el edredón para huir del invierno. Las agujas del reloj marcando la tres de la mañana sacuden mi cuerpo al compás del segundero, y yo tiemblo en tantas direcciones que pierdo de vista si sigo perdida en Madrid o en el centro mismo de la estepa siberiana.

Pero robando el tiempo en cada movimiento fugaz logro alcanzar por fin la templanza que el otoño todavía guarda entre mis sábanas, y así, sin que mis pies fríos despierten a nadie logro acabar el día, tranquila y tibia, abrazando la almohada, guiando los párpados cerrados hacia tierras donde huele como huele todo cuando llega el tiempo de las cerezas. Y lejos ya de este vapor de invernadero siento como el cuerpo se precipita lento, lento… lento, pero inevitable y directo hacia el regazo de Morfeo.

Ya no quedan más pieles que agitar, ya sólo queda el sueño.
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