Puedo oír el bostezar de mis dedos mientras despiertan de su letargo, mientras se arrancan el bloqueo que abraza cada palmo de mi piel… y veo como, todavía perdidos, van buscando el camino de regreso hacia la teclas cien veces manoseadas, hacia los caminos que todavía no han sido recorridos por las avenidas que delimitan mis maltrechas costillas. Pero entre tanta desorientación las palabras y mis dedos no acaban de encontrarse con la coherencia, ni con el fin que justifique los medios. De momento sólo puedo vagabundear por tus pupilas, recitarte al oído bajito y en verso que pienso volver a trasnochar para sentir tus ojos clavados en la espalda de mi pantalla.
Pero dame tiempo, que todavía necesito unos cuantos relojes de arena para poner en la balanza de mi pecho, para equilibrar el desasosiego que se apropió de las noches que en otro tiempo fueron de vino y rosas.
Se acabó la estivación. Algún día había que volver a abrir los ojos, a pesar de saber que no siempre será para mirar hacia delante.
En otro ataque de devoción por los textos mil veces manoseados acabo esta noche interminable perdida en los brazos de Neruda. Recorriendo el poema de arriba abajo, tan cansada como para poder entenderlo, como para poder tocarlo. Pensando que algunos lunes son demasiado duros para ser tan sólo el principio de una semana…
"Sucede que me canso de ser hombre. Sucede que entro en las sastrerías y en los cines marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro Navegando en un agua de origen y ceniza.
El olor de las peluquerías me hace llorar a gritos. Sólo quiero un descanso de piedras o de lana, sólo quiero no ver establecimientos ni jardines, ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores.
Sucede que me canso de mis pies y mis uñas y mi pelo y mi sombra. Sucede que me canso de ser hombre.
Sin embargo sería delicioso asustar a un notario con un lirio cortado o dar muerte a una monja con un golpe de oreja. Sería bello ir por las calles con un cuchillo verde y dando gritos hasta morir de frío.
No quiero seguir siendo raíz en las tinieblas, vacilante, extendido, tiritando de sueño, hacia abajo, en las tapias mojadas de la tierra, absorbiendo y pensando, comiendo cada día.
No quiero para mí tantas desgracias. No quiero continuar de raíz y de tumba, de subterráneo solo, de bodega con muertos ateridos, muriéndome de pena.
Por eso el día lunes arde como el petróleo cuando me ve llegar con mi cara de cárcel, y aúlla en su transcurso como una rueda herida, y da pasos de sangre caliente hacia la noche.
Y me empuja a ciertos rincones, a ciertas casas húmedas, a hospitales donde los huesos salen por la ventana, a ciertas zapaterías con olor a vinagre, a calles espantosas como grietas.
Hay pájaros de color de azufre y horribles intestinos colgando de las puertas de las casas que odio, hay dentaduras olvidadas en una cafetera, hay espejos que debieran haber llorado de vergüenza y espanto, hay paraguas en todas partes, y venenos, y ombligos.
Yo paseo con calma, con ojos, con zapatos, con furia, con olvido, paso, cruzo oficinas y tiendas de ortopedia, y patios donde hay ropas colgadas de un alambre: calzoncillos, toallas y camisas que lloran lentas lágrimas sucias."
La incandescencia no se puede explicar así, en frío."
Me encantaría poder decir a quien le robé este texto, pero ya sabemos que a mi memoria le gusta jugar al escondite conmigo. Así que hoy me tendré que resignar a quedar como una vulgar ladrona de palabras, que no encuentra el tiempo ni la manera de plasmar sobre esta hoja en blanco el torbellino de ideas que corren por sus venas.
Hugo, un ladrón que sólo roba los fines de semana, entra en una casa un sábado por la noche. Ana, la dueña, una treintañera guapa e insomne empedernida, lo descubre in fraganti. Amenazada con la pistola, la mujer le entrega todas las joyas y cosas de valor, y le pide que no se acerque a Paula, su niña de tres años. Sin embargo, la niña lo ve, y él la conquista con algunos trucos de magia. Hugo piensa: «¿Por qué irse tan pronto, si se está tan bien aquí?» Podría quedarse todo el fin de semana y gozar plenamente la situación, pues el marido -lo sabe porque los ha espiado- no regresa de su viaje de negocios hasta el domingo en la noche. El ladrón no lo piensa mucho: se pone los pantalones del señor de la casa y le pide a Ana que cocine para él, que saque el vino de la cava y que ponga algo de música para cenar, porque sin música no puede vivir.
A Ana, preocupada por Paula, mientras prepara la cena se le ocurre algo para sacar al tipo de su casa. Pero no puede hacer gran cosa porque Hugo cortó los cables del teléfono, la casa está muy alejada, es de noche y nadie va a llegar. Ana decide poner una pastilla para dormir en la copa de Hugo. Durante la cena, el ladrón, que entre semana es velador de un banco, descubre que Ana es la conductora de su programa favorito de radio, el programa de música popular que oye todas las noches, sin falta. Hugo es su gran admirador y. mientras escuchan al gran Benny cantando Cómo fue en un casete, hablan sobre música y músicos. Ana se arrepiente de dormirlo pues Hugo se comporta tranquilamente y no tiene intenciones de lastimarla ni violentarla, pero ya es tarde porque el somnífero ya está en la copa y el ladrón la bebe toda muy contento. Sin embargo, ha habido una equivocación, y quien ha tomado la copa con la pastilla es ella. Ana se queda dormida en un dos por tres.
A la mañana siguiente Ana despierta completamente vestida y muy bien tapada con una cobija, en su recámara. En el jardín, Hugo y Pauli juegan, ya que han terminado de hacer el desayuno. Ana se sorprende de lo bien que se llevan. Además, le encanta cómo cocina ese ladrón que, a fin de cuentas, es bastante atractivo. Ana empieza a sentir una extraña felicidad.
En esos momentos una amiga pasa para invitarla a comer. Hugo se pone nervioso pero Ana inventa que la niña está enferma y la despide de inmediato. Así los tres se quedan juntitos en casa a disfrutar del domingo. Hugo repara las ventanas y el teléfono que descompuso la noche anterior, mientras silba. Ana se entera de que él baila muy bien el danzón, baile que a ella le encanta pero que nunca puede practicar con nadie. Él le propone que bailen una pieza y se acoplan de tal manera que bailan hasta ya entrada la tarde. Paula los observa, aplaude y, finalmente se queda dormida. Rendidos, terminan tirados en un sillón de la sala.
Para entonces ya se les fue el santo al cielo, pues es hora de que el marido regrese. Aunque Ana se resiste, Hugo le devuelve casi todo lo que había robado, le da algunos consejos para que no se metan en su casa los ladrones, y se despide de las dos mujeres con no poca tristeza. Ana lo mira alejarse. Hugo está por desaparecer y ella lo llama a voces. Cuando regresa le dice, mirándole muy fijo a los ojos, que el próximo fin de semana su esposo va a volver a salir de viaje. El ladrón de sábado se va feliz, bailando por las calles del barrio, mientras anochece.
Gabriel García Márquez
PD: Dudo que exista un plan mejor en el mundo que una cena con crepes y sangría. Ahhh, y con compañía de la buena, claro!
Hace tiempo leía un blog que perdí de vista, pero todavía guardo algunos pedacitos que merecen la pena:
"Y también llego el día en que mi cama se rebeló. Iba a acostarme, acababa de ponerme el pijama y mullir la almohada cuando, al ir a retirar las mantas la cama exclamó “¡No, otra vez tú!”. Como ya no era ningún mozalbete impresionable y sabía que cosas así nunca pueden descartarse por completo, mi estupefacción no duró más que unos segundos, durante los que me mentalicé para la que presentía, sería la conversación más extraña que tendría aquel mes. -¿Cuál es el problema? nunca te has quejado. De hecho nunca has dicho nada, ni siquiera sospechaba que pudieras hablar- me interesé, retomando la posición erguida.
-Estoy harta de que siempre duermas aquí.
-Eres mi cama, ¿Dónde quieres que duerma?- la interrumpí con toda lógica
-Y son las diez de la noche, ¡Un viernes! ¿No te da vergüenza acostarte tan pronto?
-No.
-Bufff- resoplo la cama- Y además sólo, ¿Hace cuanto tiempo que no traes a nadie?
-No lo recuerdo- admití.
-Me aburro tanto…me siento tan inútil…-comenzó a autocompadecerse la cama.
-Esta bien, mañana hablaremos de ello, ahora tengo sueño- dije, recostándome sobre ella.
-¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Qué asco! ¡Qué asco tu tacto!- chilló fuera de sí, poniéndose áspera y urticante hasta que me picó todo el cuerpo y tuve que incorporarme de un salto.
-¡Basta! Eres mobiliario; y por tanto irracional.
-¡La razón! ¡La diosa razón! ¡Siempre la razón!... todos esos importantísimos libros que lees antes de dormir y que luego dejas tirados encima de mí…como si fuera una vulgar estantería. No fui diseñada para eso, sino…sino… ¡Para el amor!- exclamó, emocionándose con sus propias palabras y llorando calcetines.
-¡Cielos, es repugnante! Está bien, ¿Quieres que traiga a alguien?, de acuerdo, lo traeré, pero quién o qué será, eso no lo puedo asegurar, sólo espero que con eso te calles y me dejes dormir en paz.- dije mientras me cambiaba de ropa de nuevo, apresuradamente, y me disponía a salir hacia el centro, dejando a la cama sola con sus desvaríos.
Unas horas después, agotado y apestando a humo, irrumpía en la habitación seguido de una abogada que hacía observaciones aleatorias acerca del futuro y de la música, mientras terminábamos de desvestirnos. Yo por mi parte reparé en que la cama había aprovechado mi ausencia para arreglarse; estaba aseada, fresca, con sábanas nuevas. Tampoco tardé mucho en percatarme de que, tendida sobre ella, con esas medias de rejilla, la abogada parecía un jamón cocido. Su actitud también era la de un jamón cocido. Dudaba si ahumarla. Pero a ella, a la cama, no parecía importarle, parecía haber vuelto al mutismo propio de los buenos muebles y no emitió más que un hondo chirrido de placer, cuando sin pensármelo demasiado, me incluí en la abogada y empecé a penetrar su cuerpo vacío de información. No me quedó claro si todo este esfuerzo había merecido la pena hasta que, tras un descanso que se tornó definitivo, considerando que podía hablar con libertad, me volví hacia el colchón y pregunté – ¿Estás contenta? ¿Me dejarás ya dormir?- y como contestación no obtuve mas que un delicioso, cálido, silencio."
Enrique Garret.
Siempre fue más fácil llenar la cama que el corazón, que le vamos a hacer...