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Ya ves, yo también soy de las que se cortan el pelo cuando quieren cambiar de vida. Y es que a veces parece que si no eres capaz de reconocer a la extraña del espejo no tienes por qué cargar con el lastre de sus circunstancias, con los errores pegados a la suela de unos zapatos demasiado incómodos como para caminar disfrutando de las vistas.
Así que aquí me tienes, mirándome a mi misma de reojo, no vaya a ser que los problemas me reconozcan y vuelvan a colarse entre el aire que respiro para aferrarse, cual piojo hambriento, al cuero cabelludo de mi alma.
Puede que no sepa muy bien adonde me lleva toda esta tontería, pero sé que hoy me siento un poco más ingrávida, más ligera, más etílica, más repleta de canciones de esas que me ponen la piel en pie. En pie de guerra. Una guerra de esas en las que sólo se muere por las cosas sin las cuales no merecería la pena seguir vivo.

Afortunadamente quedaban días de estos en los que hay que abrir los ojos para poder soñar. En los que no se necesitan golpes de perspectiva para crecer. En los que basta con dirigir la boca al cielo, y beber.
Ya ves, a veces… pasa.
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