Nadie debería cambiar a peor.
Nadie debería perder la fe.
Nadie debería juntar sus ganas y dejarlas escondidas en el cajón de los calcetines.
Nadie debería permitir que las cosas sean más feas y más tristes, ni siquiera en honor a la justicia. Ni siquiera por buscar el equilibrio, porque de poco vale una balanza equilibrada a la que le hemos tenido que quitar peso del lado de las cosas buenas, de la entrega infinita y desinteresada.
Nadie debería ceder ante el impulso de esta sociedad egoísta, que nos arrastra por el asfalto de la gran ciudad para quemarnos la piel, para arrancarnos las ganas de hacerlo mejor.
Nadie debería dejarse caer por el barranco de la comodidad y los corazones decepcionados porque en el instante en el que su espalda arañada toque tierra, todos comenzaremos a lapidar nuestra propia esperanza, y acabaremos por olvidar lo necesario que es hacer cada día algo que merezca la pena.
Nadie debería cambiar a peor… porque ese día, tú, yo y todos saldremos perdiendo.
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