Me encanta ese instante en el que todo el violeta del cielo descarga sobre mi ventana... Gota a gota estallando en los cristales, pidiendo a gritos que suba los toldos, que abra los postigos, que deje que la humedad polinice toda la casa con su olor... hasta que me crezcan tormentas en las almohadas.
Te veo sentado en el borde de la cama y comienzo a deslizarme entre las sábanas camino de tu espalda. Te rodeo con las piernas, te enredo con mis brazos las costillas y te pido que me toques algo triste como aquella madrugada invernal. Tú empiezas a buscar los acordes adecuados para diluir la melancolía de esta noche, para templarme el alma una vez más, y yo… yo sólo puedo acercarme más a ti, clavar mi mejilla en tus dorsales y dejar que el corazón me resbale hasta los pies.
Me veo sentada al borde de la cama y comienzo a darme cuenta de que estoy abriendo los ojos y que no estás, que el olor que tan bien conozco debe estar durmiendo a nueve manzanas de aquí, ajeno a los relámpagos que hacen que aúlle mi piel de loba herida. Así que en lugar de lamerme las llagas y olvidar, dejo a un lado los instintos animales de supervivencia y busco astillas y fuego en el cajón del recuerdo hasta convertirlas en las llamas que esta noche me consumen.
Me veo y te veo, sentados cada uno al borde de estas camas que son abismos, sucumbiendo a la soledad de esa pequeña distancia que se hace eterna cuando mis mejillas necesitan un lugar donde apoyarse, cuando no aparecen las manos que las sequen, cuando tu boca no puede beberse los jirones de tristeza de mi alma, cuando cada poro de mi piel clama por el tacto de tu calma.
Quiero oler a tierra mojada. Calmarte los ánimos. Apagar las hogueras. Sosegar Madrid armando un escándalo de truenos y rayos. Hacer correr al viento. Vestir el cielo de un color violáceo y romperlo a destellos un instante después.
Quiero cambiarte el día. Arrancarte el calor. Ponerte las entrañas en remojo. Sorprenderte sin paraguas para confundirme entre las gotas de tu sudor. Sacarte a la ventana y cerrarte los ojos para respirar mejor.
Quiero romperte los esquemas. Deslumbrarte. Atronarte. Bañarte de mí. Revolverte el pelo. Electrizar tu noche. Y largarme después a morir en cualquier charco.
A pesar de que hablo de meses con flores y ráfagas de sol no logro encontrar las sonrisas que dejé olvidadas en las ilusiones que ya andan criando malvas. Me levanto cuando tropiezo, pero no siempre me quedan ganas de volver a correr, de volver a estrellarme. Me canso tanto… pienso demasiado… no quiero luchar más por cada migaja de felicidad, echo de menos aquellos “porque sí”, la alegría ingenua que no se afanaba en esconderse en los portales.
No tengo tiempo para esperar a ser feliz, porque no puedo dejar de crecer y de desangrarme en cada palabra, en cada verso que hoy no me pertenece, en cada esquina donde puse mis deseos, en cada avenida donde fueron aniquilados. Sigo huyendo hacia delante, pero no sé adonde voy, no sé apenas adonde quiero ir…
Así que me quedo congelada, esperando a que una estrella caiga del cielo, pero a veces pasa que no pasa nada y hay que inventarse la manera de sobrevivir a los días lánguidos. Esos que van perfilando futuras arrugas, empañando las gafas de sol, subiendo el volumen a la voz que sin saber cómo ni por qué últimamente me desgarra las entrañas.
Hoy no quedaba magia en Madrid, sólo demasiados espacios por llenar y esta canción que se ha apropiado de cada milímetro de mi piel…
"A veces, el destino se parece a una pequeña tempestad de arena que cambia de dirección sin cesar. Tú cambias de rumbo intentando evitarla. Y entonces la tormenta también cambia de dirección siguiéndote a ti. Tú vuelves a cambiar de rumbo. Y la tormenta vuelve a cambiar de dirección, como antes. Y esto se repite una y otra vez. Como una danza macabra con la Muerte antes del amanecer. Y la razón es que la tormenta no es algo que venga de lejos y que no guarde relación contigo. Esta tormenta, en definitiva, eres tú. Es algo que se encuentra en tu interior. Lo único que puedes hacer es resignarte, meterte en ella de cabeza, taparte con fuerza los ojos y las orejas para que no se te llenen de arena e ir atravesándola paso a paso. Y en su interior no hay sol, ni luna, ni dirección, a veces ni siquiera existe el tiempo. Allí sólo hay una arena blanca y fina, como polvo de huesos, danzando en lo alto del cielo."
Extracto de Kafka en la orilla, de Haruki Murakami