.
Estaba yo tan tranquila perdiendo el tiempo, cuando de pronto la pantalla comenzó a tirarme verdades a la cara.
Al principio, con extrañeza, me acerqué para ver que clase de individuo se escondía dentro de mi ordenador, pero antes de poder ponerme las gafas para ver con claridad me atizó con una frase en la cabeza. 'Second chances they don't ever matter, people never change'. Así, de pronto, y sin anestesia ni nada.

Descolocada como estaba ante tan inesperado (e inoportuno) acontecimiento puse un poco de música para pensar mejor y olvidar el incidente. Y de nuevo, esta vez ocultado como reproducción aleatoria va y me dispara esa maldita canción de Iván Ferreiro que me hizo entender hace tiempo que las cosas muertas sólo pueden ser enterradas. Y yo, como una tonta, con un cadáver entre las manos, jugando a resucitar las cosas con tanto boca a boca.
Mal vamos…
Pero a pesar de no ver hacia donde tenía que apuntar decidí no quedarme de brazos cruzados y jugar mi papel en esta guerra devolviéndole a bolazo limpio el daño causado. De ese modo me dispuse a arrancar unas cuantas hojas de la agenda y resulta que todos los días eran veintinueves de febrero, esperándome para ser arrugados y lanzados cual kamikaze en la batalla. Y yo, que no me vi capaz de extirparle los días buenos al calendario, tuve que cambiar las buenas intenciones por la mirada lánguida del que sabe antes de empezar que ya ha perdido.
De modo que no me quedó más remedio que dejar campar a semejante individuo por los valles de mi escritorio, mientras yo recogía el desastre ocasionado y tragaba con la triste realidad de que, lamentablemente, ‘la gente nunca cambia’.
Al principio, con extrañeza, me acerqué para ver que clase de individuo se escondía dentro de mi ordenador, pero antes de poder ponerme las gafas para ver con claridad me atizó con una frase en la cabeza. 'Second chances they don't ever matter, people never change'. Así, de pronto, y sin anestesia ni nada.

Descolocada como estaba ante tan inesperado (e inoportuno) acontecimiento puse un poco de música para pensar mejor y olvidar el incidente. Y de nuevo, esta vez ocultado como reproducción aleatoria va y me dispara esa maldita canción de Iván Ferreiro que me hizo entender hace tiempo que las cosas muertas sólo pueden ser enterradas. Y yo, como una tonta, con un cadáver entre las manos, jugando a resucitar las cosas con tanto boca a boca.
Mal vamos…
Pero a pesar de no ver hacia donde tenía que apuntar decidí no quedarme de brazos cruzados y jugar mi papel en esta guerra devolviéndole a bolazo limpio el daño causado. De ese modo me dispuse a arrancar unas cuantas hojas de la agenda y resulta que todos los días eran veintinueves de febrero, esperándome para ser arrugados y lanzados cual kamikaze en la batalla. Y yo, que no me vi capaz de extirparle los días buenos al calendario, tuve que cambiar las buenas intenciones por la mirada lánguida del que sabe antes de empezar que ya ha perdido.
De modo que no me quedó más remedio que dejar campar a semejante individuo por los valles de mi escritorio, mientras yo recogía el desastre ocasionado y tragaba con la triste realidad de que, lamentablemente, ‘la gente nunca cambia’.
.



