Si algo importante aprendí de ti, fue precisamente el valor del momento, la esencia que perfuma la vida de los que quieren llegar a viejos, de los que tienen la dignidad y el valor suficiente, no sólo para llegar, sino para serlo. Nadie me ha dado tantos motivos para creer que lo que queda puede ser maravilloso como los veintidós años que fuiste mi perro guardián, mi abrigo de domingo en invierno.
Y aunque los dos últimos haya tenido que aprender a escucharte con esa distancia que nos separa de los muertos no hay un día que no recuerde tu voz salvándome la vida en un consejo, acariciándome la vida y el tiempo con esas manos que sólo tienen los abuelos...
"Hoy es siempre todavía. Toda la vida es ahora. Y ahora es el momento de cumplir las promesas que nos hicimos. Porque ayer no lo hicimos Porque mañana es tarde. Ahora."
"Allí donde radican nuestras debilidades van a extraviarse nuestras exaltaciones."
Friedrich Nietzsche
Muchas veces pienso que no tengo nada que decir, que no hay nada que escribir, ni que robar, ni que plagiar… Pero la mayor parte de esas noches acabo cayendo en las redes que me tienden las teclas de este viejo ordenador y de pronto parece que siempre hay algo que quedó por contar.
Son esas cosas que nacen y mueren a la luz de flexo y que en un instante de exhibicionismo se cuelan entre el naranja y el negro de tu pantalla. Son los textos que sin saber como ni por qué en la oscuridad cobran la vida de las que la mañana los privó. Son las canciones que suenan distintas a partir de medianoche, que cambian gritos por susurros en los que estallar.
Será que como decía Ismael Serrano “la noche debilita los corazones” y al mío no le queda más remedio que dejar de hacerse el muerto y empezar a sacudir las letras para matar el tiempo y los secretos.
“En 1927 un matemático formuló el principio de incertidumbre. Venía a decir algo así como que nada se puede predecir con exactitud, siempre queda un margen de incertidumbre en el conocimiento humano, y en ese margen de incertidumbre yo siempre pensé que estaba la música, las canciones.
El principio está relacionado con el hecho de que el observador, con el mero hecho de ser testigo, influye en la realidad que está observando, la altera, introduce una variable de indeterminación, y esta noche, si a ustedes les parece bien, me gustaría hacer un experimento. Me gustaría mostrar que cada canción es diferente simplemente porque tú estás a mi lado, cada concierto es diferente porque tú lo escuchas, porque tú cantas conmigo. Así que, manos a la obra.
Nada está escrito, la historia no ha terminado. Quizá los siguientes días sigan siendo terribles y grises, puede ser, pero puede que no, puede que todo cambie, que los días que tienen que venir abran ventanas a la esperanza. Este puede ser un buen comienzo, este puede ser un buen principio. Principio de incertidumbre.”
Introducción a la canción Principio de incertidumbre. Ismael Serrano.
Porque los lunes hay que buscar alguna manera bonita de empezar la semana, ¿no?
Decía un poeta, que el amor se encuentra antes si se busca... Y yo le creí.
Busqué en cada cajón de mi casa.
Detrás de todas las esquinas.
En los armarios y en la nevera (por aquello de la caducidad...)
Busqué en los hospitales y en los autobuses, bajo los coches y alcantarillas. Y lo máximo que encontré fue suciedad...
Miré en los bolsillos, y entre pelusas y kleenex viejos, alguna moneda. Y nada más...
Dicen que el amor se encuentra antes sí se busca… Dicen, dicen, dicen y no es verdad.
Y ese poeta me defraudó. Lo siento mucho amigo, lo encuentran todos… pero yo no.
Y me descreí de aquel señor con flechas que atraviesan las fronteras. Si el amor, nunca ha creído en mi, ¿por qué tenía que hacerlo yo? Ni lo he tocado, ni lo he oído, no lo vi de cerca, ni lo probé. Jamás olí su aroma... ¿Por qué tenía que creer?
Dicen que el amor se encuentra antes si se busca. Quizá lo encuentres, si cuando buscas, sabes qué es...
Ellos se conocieron por casualidad, que es como se suelen encontrar los grandes amores, casi siempre por casualidad, por una llamada equivocada, por un encuentro fortuito. A ellos lo que les paso fue que él había quedado en aquel café con una persona que no vino, y claro, la vio a ella sentada en la mesa del café, radiante, así que, harto de esperar no se cortó un pelo y dijo:
- “Bueno, ya que he venido hasta aquí, no puedo desaprovechar esta ocasión”. Se acercó a la mesa y dijo: - “¿Me permite?”
- “Por supuesto” Esto sólo suele pasar en las historias que te cuentan otros, nunca en la vida real, por lo general cuando dices: - “¿Me permites?”, dicen
-“ ¿De qué?” A lo mejor ella estaba esperando a alguien que tampoco vino, quién sabe, yo qué sé, habrá que inventar otra historia en la que ella le dice “¿De qué?”, en este caso ella lo invito a él para que se sentase, y él se sentó. Y claro, no había de que hablar, y: -“¿Y qué lees?” Lo malo fue que él no había leído nada del escritor que ella estaba leyendo, y ya mal, empezamos mal, muy mal, por ahí no. -“Pues bonito día” Pero enseguida empezaron a profundizar, por que ella dijo: -“Sí la verdad es que hace un bonito día” Y aunque no lo hiciera. Pero poco a poco él fue venciendo esa timidez que le caracteriza y fueron profundizando. Al principio él para llamar su atención contó alguna mentira, que si era escritor, luego reconoció que nunca le habían publicado nada, pero eso vino más tarde, cuando ya se conocían más, cuando pasaron del café al habana con coca cola. Por entonces ya estaban descubriendo que tenían más afinidades de las que pensaban al principio, y compartían gustos cinematográficos, y por eso fue que él le dijo: - “Oye, y si vamos a ver esta, ¿has visto La vida es bella?” y ella:
- “No”
- “Oye, ¿quedamos el fin de semana?”
- “Vale”. Y aquel fin de semana pues, yo no sé muy bien si para sorprenderla o no, pero el caso es que él rompía a llorar en cada escena en la que salía el chaval pequeño, esto a ella le enterneció, yo quiero pensar que era de verdad.
Resulta que coincidían en más gustos, y también en los musicales, y le dijo: - “Oye, este fin de semana toca Ismael Serrano”
- “Ismael ¿qué?”
- “Pero a ti, ¿te gustan los cantautores?”
- “Los de verdad me gustan”. Pero él le convenció a ella y fueron. Cuando el empezó a cantar aquella de Vértigo, pues se atrevió a cogerle la mano. Y poco a poco se fueron inevitablemente enamorando, pero no por esto de Ismael Serrano, ni por el Vértigo, quizá más por aquello de llorar con La vida es bella. Una mañana él se levanta y al abrir los ojos se da cuenta de que está perdidamente enamorado de ella, y quedaron entonces en aquel café en el que se conocieron por casualidad. Los momentos importantes suelen coincidir casi siempre en los mismos sitios, no estoy muy seguro de lo que acabo de decir, pero es una buena frase. Pero fue en aquel café en donde ella le dijo: - “Sabes, creo que me tengo que ir durante un tiempo”
- “Yo te iba a decir casi lo contrario, que te quedaras conmigo para toda la vida”, y ella dijo:
-“No te preocupes porque yo estaré esperando el día que vuelva para retomar contigo este camino que emprendimos, además, cada quince días puntualmente te mandaré una carta en la que te contaré todo lo que he hecho, todo lo que siento, todo lo mucho que te echo de menos, y todo lo poco que nos falta para vernos”.
Él dijo que bueno, que vale: -“Pero que si no te vas casi mejor, ¿no?”. Pero se fue. Fue entonces cuando descubrió que aquello no tenía remedio y que estaba perdidamente enamorado, que no había ningún elixir que hiciera que la olvidase, que no era cierto aquello de que un clavo saca otro clavo, que a veces es cierto que los amores a primera vista existen, bueno, ¿es que acaso hay otros?. A los quince días puntualmente llegó la carta de ella, toda llena de besos y de caricias, de te echo de menos, él lloró, y esta vez era de verdad. Y guardaba las cartas con mucho cariño encima de la mesilla. Pasaron quince días, y otros quince, y otros quince, y otros quince, y las cartas se iban acumulando. Y su vida consistía en esperar a que llegara el decimoquinto día, abrir el buzón y encontrar la carta de amor en la que ella prometía volver, esperar esa carta en la que ella le diría que volvía pronto. Y pasaron años, muchos años, y ya las cartas casi no cabían en la casa, se compró una gran caja fuerte para guardar todas las cartas, porque eran su gran tesoro, porque vivía para leer las cartas que ella le había escrito, porque ella era lo que más quería, y así pasaron creo que diez años, quince, no me acuerdo. Y un día ella, sin saber como ni porqué, dejó de escribir, y al quince día él se encontró el buzón vacío, y el alma partida en dos.
Ahora solo podía vivir del recuerdo, leyendo las cartas que ella le había escrito con tanto cariño, aquellas cartas eran su mayor tesoro.
Un día él salió de casa, y unos ladrones entraron a robarle. Al ver allí la gran caja fuerte no se lo pensaron dos veces, porque pensaron que debía esconder algún gran tesoro, grandes riquezas o algo similar. Y se llevaron la gran caja fuerte. Imagínate la desolación de nuestro protagonista cuando llega a su casa y se da cuenta que le han robado lo que más quería, lo que le hacía sentirse vivo algunas tardes de domingo cuando no sonaba el jodido teléfono, cuando releía aquellas cartas y aquellas promesas quién sabe si falsas. Suele pasar que los ladrones son buenas personas, y este era el caso. Pero imagínate la cara de los ladrones cuando abren la caja fuerte y se encuentran montones de cartas de amor, declaraciones imposibles. El jefe de los ladrones se enfadó un poquito, pues la caja pesaba, y llevarla a la guarida no era moco de pavo. Nuestro hombre vagaba casi moribundo por las calles de su ciudad, con la esperanza de encontrar alguna carta, o a alguien que le hablara de una gran caja fuerte llena de cartas, perdido sin saber ya qué hacer. El jefe ladrón lo que dijo es que aquellas cartas lo que había que hacer era tirarlas al río o quemarlas, lo que fuera, pero que desaparecieran de inmediato. Pero el más joven de los ladrones era más bueno, y se le ocurrió una gran idea. Un día, nuestro hombre llegó a casa después de estar buscando toda una tarde, y al abrir el buzón ¿Adivina lo que se encontró?... Una carta. Los ladrones habían decidido mandarle las cartas tal y como ella se las había mandado, puntualmente cada quince días, por riguroso orden.
Ahora él resucitaba con la esperanza de revivir aquellos momentos, aquellos momentos en los que quizá un día leería la carta en la que ella diría: -“Pronto estaré allí”.