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viernes, 9 de enero de 2009

Nieve en la ventana

viernes, 9 de enero de 2009
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"Viajero que regresas a esa ciudad del Norte
donde una dulce nieve empapa la razón,
donde llegan los barcos cargados de preguntas
a muelles laboriosos como mi corazón.

Háblale de mi vida, las autopistas negras
que atraviesan volando mi terca soledad,
esa gente que pasa por la calle, llevando
mi pensamiento al otro lado de la ciudad."


Cuando aprieta el frío. Joaquín Sabina



Calada hasta los huesos. Muerta de frío. Pero más feliz que una perdiz. Y todo por culpa de esas cositas blancas que caían del cielo.
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sábado, 3 de enero de 2009

La arena que cayó del reloj

sábado, 3 de enero de 2009
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Esta no es la embajada del reproche
ni el vademécum de lo que perdí,
para que llueva, para ser de noche,
es condición sine qua non to be.

Or not to be, como intuyó el bolero
calavera de un príncipe danés,
se equivoca la urgencia y el te quiero
que no vuelve la ausencia del revés.

Escribo sólo por matar las tardes,
por no ponerme a deshacer maletas,
por no arrastrarme por las estaciones.

Por no andar, como el rey de los cobardes,
mustio, con un ramito de violetas,
en el sepelio de las decepciones.

Matar las tardes. Joaquín Sabina




Creyendo como siempre que podemos controlar el viento vamos cayendo una vez más en el hastío del luego, en la pereza del después. Demasiados confiados para entender que no se puede matar al tiempo sin inmolarnos nosotros con él.
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lunes, 8 de diciembre de 2008

Allí donde se cruzan los caminos

lunes, 8 de diciembre de 2008
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Los domingos me gusta sentarme en el lado izquierdo del autobús para ver atardecer. Siempre en dirección norte, huyendo a casa, o de casa, nunca lo llegué a tener demasiado claro...




Dispuesta una vez más a diluirme en Madrid como una cucharada de sal en medio del mar. Sintiéndome segura en el anonimato de las calles superpobladas... Una oveja más para el rebaño de la gran ciudad. Balando y bailando al son que tocan sus semáforos.

Hay quien dice que les agobian el tráfico o la distancia, pero yo me hice irremediablemente adicta a cada uno de sus defectos. Quizá porque dejé repartidas por su calles demasiadas partes de mí misma. Porque son las que repiten el eco de mis tacones las noches de sábado y escuchan mis bostezos la mañana siguiente.

Una vez escuché que nunca las calles nuevas fueron caminos, y debe ser que el ritmo que marca la rutina haya convertido en extraño todo lo que no es esta mole de edificios en mitad del país. Supongo que en algún punto de los últimos cuatro años debí echar el ancla al sur de Chamberí.


"Donde el deseo viaja en ascensores,
un agujero queda para mí,
que me dejo la vida en sus rincones,
pongamos que hablo de Madrid."