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lunes, 25 de mayo de 2009

¡Yo me ocupo de cosas serias!

lunes, 25 de mayo de 2009
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"Estaba yo muy ocupado tratando de destornillar un perno demasiado apretado del motor; la avería comenzaba a parecerme cosa grave y la circunstancia de que se estuviera agotando mi provisión de agua, me hacía temer lo peor.

-¿Para qué sirven las espinas?

El principito no permitía nunca que se dejara sin respuesta una pregunta formulada por él. Irritado por la resistencia que me oponía el perno, le respondí lo primero que se me ocurrió:

-Las espinas no sirven para nada; son pura maldad de las flores.

-¡Oh!

Y después de un silencio, me dijo con cierto rencor:

-¡No te creo! Las flores son débiles. Son ingenuas. Se defienden como pueden. Se creen terribles con sus espinas…

No le respondí nada; en aquel momento me estaba diciendo a mí mismo: "Si este perno me resiste un poco más, lo haré saltar de un martillazo". El principito me interrumpió de nuevo mis pensamientos:

-¿Tú crees que las flores…?

-¡No!, !No! ¡Yo no creo nada! Te contesté cualquier cosa para que te calles. Tengo que ocuparme de cosas serias.

Me miró estupefacto.

-¡De cosas serias!

Me veía con el martillo en la mano y los dedos negros de grasa, inclinado sobre un objeto que le parecía muy feo.

-¡Hablas como las personas grandes! ¡Confundes todo!... ¡Mezclas todo!

Estaba verdaderamente muy irritado. Sacudía al viento sus cabellos dorados.

-Conozco un planeta donde hay un Señor carmesí. Jamás ha aspirado una flor. Jamás ha mirado a una estrella. Jamás ha querido a nadie. No ha hecho más que sumas y resta. Y todo el día repite como tú: “¡Soy un hombre serio! ¡Soy un hombre serio!” Se infla de orgullo. Pero no es un hombre; ¡es un hongo!"





Tantas veces pierdo de vista la línea que separa las cosas urgentes de las cosas importantes que cualquier día de estos tendré que gritarle a la chica del espejo que se arranque las raíces, que deje de estar anclada a lo que debe hacer, que deje de mirar la calle por la ventana y que aprenda de una vez que las cosas no son serias si no le va la vida en ellas...
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sábado, 6 de diciembre de 2008

Días de trigo y noches de hierbabuena

sábado, 6 de diciembre de 2008
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-Pero si me domesticas mi vida se llenará de sol. Conoceré un ruido de pasos que será diferente de todos los otros. Los otros pasos me hacen esconder bajo la tierra. El tuyo me llamará fuera de la madriguera, como una música. Y además, ¡mira! ¿Ves, allá, los campos de trigo? Yo no como pan. Para mí el trigo es inútil. Los campos de trigo no me recuerdan a nada. ¡Es bien triste! Pero tú tienes cabellos color de oro. Cuando me hayas domesticado, ¡será maravilloso! El trigo dorado será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo…

El zorro calló y miró largo tiempo al principito.

-¡Por favor…, domestícame! – dijo.

-Me gustaría, pero no tengo mucho tiempo. Tengo que encontrar amigos y conocer muchas cosas – respondió el principito.

-Sólo se conocen las cosas que se domestican –dijo el zorro-. Te sentarás al principio un poco lejos de mí, así, en la hierba. Te miraré de reojo y no dirás nada. La palabra es fuente de malentendidos. Pero, cada día, podrás sentarte un poco más cerca…

Al día siguiente volvió el principito.

-Hubiese sido mejor venir a la misma hora –dijo el zorro-. Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, comenzaré a ser feliz desde las tres. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto; ¡descubriré el precio de la felicidad! Pero si vienes a cualquier hora, nunca sabré a qué hora preparar mi corazón… Los ritos son necesarios.

-¿Qué es un rito? –dijo el principito.

-Es también algo demasiado olvidado –dijo el zorro-. Es lo que hace que un día sea diferente de los otros días; una hora de las otras horas.

Así el principito domesticó al zorro. Y cuando se acercó la hora de la partida:

-¡Ah!... –dijo el zorro-. Voy a llorar.

-Tuya es la culpa –dijo el principito-. No deseaba hacerte mal, pero quisiste que te domesticara…

-Sí –dijo el zorro.

-Entonces, no ganas nada.

-Gano – dijo el zorro-, por el color del trigo…




Para vosotras, por manteneros unidas, por valorar lo que eso supone, por esforzaros en comprender a las demás, por legarnos lo mejor de vuestras aficiones, por compartir el tiempo y no sólo el espacio. Por todas las cosas que anoche me hicieron tener que contener lágrimas de alegría: gracias. ¡Me habéis tocado la patata, chicas!