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Tengo prisa por ir a algún sitio. Tengo ganas de llegar. De dejar de quedarme a medias. Pero tengo la intuición como una veleta estropeada y lo único que hago es girar sin eje, como una elipse mal dibujada, para volver a tropezar con las líneas de mis manos.
Me canso de ser un por si acaso, un ten cuidado. Me hastía oír tantas veces “Carpe diem” y no ser capaz de tatuármelo con tinta china sobre la piel. Necesito bajar de las nubes a la carretera, y ser Sal Paradise persiguiendo a Dean, volviéndonos locos bajo las banderas de la libertad. Cubrir las heridas de polvo y salir a bailar.
Me gustaría poder desprenderme del peso de no tener alas y correr lento tras los conejos blancos con reloj. Quiero ser brutal y apasionante, como la mejor de las novelas que hayas leído. Subir al techo y caer de pie.

Barrer la estela de la vida de los locos hasta que se desgasten los diez centímetros de mis tacones rojos. Sin frenos. Ni dudas. Ni pájaros en la cabeza. Sólo la adrenalina pura y vibrante de vivir como la nota de un saxo en éxtasis.
Ser bastante.
Suficiente.
Arañarte la piel hasta hacerte sangrar. Hasta que duela demasiado. Eso, eso es… demasiado.
"Cómo atrever esta impura
cerrazón de sangre y fuego,
esta urgencia de astro ciego
contra tu feroz blancura.
Ausencia de la criatura
que su nacimiento espera,
de tu nieve prisionera
y de mis venas deudora,
en el revés de la aurora
y el no de la primavera."
La página vacía. Sara de Ibánez
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