Me encanta ese instante en el que todo el violeta del cielo descarga sobre mi ventana... Gota a gota estallando en los cristales, pidiendo a gritos que suba los toldos, que abra los postigos, que deje que la humedad polinice toda la casa con su olor... hasta que me crezcan tormentas en las almohadas.
- Le puedo dar un certificado médico –dijo el doctor Hasselbacher.
- ¿Usted nunca se preocupa por nada?
- Tengo una defensa secreta, mister Wormold. Me intereso en la vida.
- Yo también, pero…
- A usted le interesa una persona, no la vida, y la gente se muere o nos deja…, lo siento, no me refería a su mujer. Pero si a usted le interesa la vida, nunca le defraudará. Me interesa la azulinidad del queso. A usted no le da por los crucigramas, ¿verdad, mister Wormold? A mí sí, son como las personas: se llega al fin. Puedo terminar cualquier juego de crucigramas en una hora, pero tengo un descubrimiento respecto a la azulinidad del queso que nunca llegará a una conclusión…, aunque uno, por supuesto, sueña con que llegue un momento… Algún día tengo que mostrarle mi laboratorio.
- Tengo que irme Hasselbacher.
- Debería soñar más, mister Wormold. La realidad en nuestro siglo es algo que no debe afrontarse.
Extracto de "Nuestro hombre en La Habana", de Graham Greene
Déjame, pensamiento, déjame, mañana seré tuyo, volveré a ser tu presa. Pero hoy, mientras la luz araña en los árboles y pide una oportunidad, quiero que me recoja la inútil primavera.
A la casa del frío regresaré mañana, cuando el tiempo exponga sus razones y el corazón pregunte lo que falta por ver, cuántos latidos pueden quedarle para detenerse.
Luis García Montero
Gracias Luis por rescatarme siempre del pozo seco de las palabras, por ser la cadencia necesaria para estas noches insomnes, sudorosas y difíciles de principios del verano.
Te veo sentado en el borde de la cama y comienzo a deslizarme entre las sábanas camino de tu espalda. Te rodeo con las piernas, te enredo con mis brazos las costillas y te pido que me toques algo triste como aquella madrugada invernal. Tú empiezas a buscar los acordes adecuados para diluir la melancolía de esta noche, para templarme el alma una vez más, y yo… yo sólo puedo acercarme más a ti, clavar mi mejilla en tus dorsales y dejar que el corazón me resbale hasta los pies.
Me veo sentada al borde de la cama y comienzo a darme cuenta de que estoy abriendo los ojos y que no estás, que el olor que tan bien conozco debe estar durmiendo a nueve manzanas de aquí, ajeno a los relámpagos que hacen que aúlle mi piel de loba herida. Así que en lugar de lamerme las llagas y olvidar, dejo a un lado los instintos animales de supervivencia y busco astillas y fuego en el cajón del recuerdo hasta convertirlas en las llamas que esta noche me consumen.
Me veo y te veo, sentados cada uno al borde de estas camas que son abismos, sucumbiendo a la soledad de esa pequeña distancia que se hace eterna cuando mis mejillas necesitan un lugar donde apoyarse, cuando no aparecen las manos que las sequen, cuando tu boca no puede beberse los jirones de tristeza de mi alma, cuando cada poro de mi piel clama por el tacto de tu calma.
Y ya que estamos hablando del tema, déjame que te robe un texto...
"Ahora es el momento de cumplir con aquello que un día rondó nuestros planes cuando las dudas eran pájaros muertos sobre la almohada, un rumor inapreciable de verdades subversivas.
Te llevaré lejos del asfalto, en dirección a un instante del amanecer en las playas de tus sueños, allí donde la arena tibia de la tarde duerma pegada a tus pies, y las olas arrastren la ceniza de tus ojos a lo más profundo del olvido. Donde clave mi mirada en ese perfil tuyo que perdí tantas veces, en el pelo que tocan las manos invisibles del aire, celosas de las mías. Ese momento exacto donde nada te importe más que los despuntes efímeros del sol sobre tus párpados, la espuma del mar deshaciéndose inmediata en las orillas, las gaviotas recortándose sobre el nácar del cielo. Y que así no viaje tu memoria a tiempos pretéritos guardados en Cajas de Pandora, ni busques en el horizonte hacia dónde se pierden nuestras huellas.
Agarrar con la boca esta impresión del paisaje, que es la vida, y dilatarla hasta los extremos del tiempo. Quedarte aquí conmigo, en este hoy perpetuo, mirando el lento crepitar del día."
Si algo importante aprendí de ti, fue precisamente el valor del momento, la esencia que perfuma la vida de los que quieren llegar a viejos, de los que tienen la dignidad y el valor suficiente, no sólo para llegar, sino para serlo. Nadie me ha dado tantos motivos para creer que lo que queda puede ser maravilloso como los veintidós años que fuiste mi perro guardián, mi abrigo de domingo en invierno.
Y aunque los dos últimos haya tenido que aprender a escucharte con esa distancia que nos separa de los muertos no hay un día que no recuerde tu voz salvándome la vida en un consejo, acariciándome la vida y el tiempo con esas manos que sólo tienen los abuelos...
"Hoy es siempre todavía. Toda la vida es ahora. Y ahora es el momento de cumplir las promesas que nos hicimos. Porque ayer no lo hicimos Porque mañana es tarde. Ahora."
"De un mundo pequeño, me gusta la parte en que un miércoles pueda volverse viernes y una persona desconocida pueda volverse necesaria."
Juan Chomnalez
La palabra gracias es tristemente una de las más (y peor) manipuladas. La gente da las gracias cuando los dejan pasar, cuando les traen la comida pronto, cuando les abren la puerta del coche… Se usa para demostrar amabilidad, educación y saber estar, y sin embargo la mayoría olvida utilizarla cuando más falta hace, olvida recitársela al oído a quien más lo necesita, a quienes más lo merecen, esas personas que de acostumbrarte a verlas pasear por tu vida no te das cuenta del bien que te hacen, de las alegrías que te deparan esos días que prometían ser tristes intermedios entre fines de semana…
Pero hoy no estoy dispuesta a dejar de llenar las palabras con todo el significado del que son dignas, así que: gracias por la compañía. Gracias encenderme los ojos con pinceladas impresionistas, por redescubrir que el mundo cabe en un rinconcito de Madrid. Gracias por llevar el postre prendido en los labios, por cortarme la respiración con tanto abrazo. Gracias por haber aprendido la ardua tarea leer en mis silencios y por romperlos con todo lo que me hace reír. Pero gracias sobretodo por colarte dentro, por hacerte necesario, por recordarme con que poco uno puede tener un día perfecto… Gracias porque hoy me has hecho feliz.
Las horas se amontonan sobre tu vientre —¿o son segundos?— en forma de turbadoras caricias —agónicos combates cuerpo a cuerpo— hasta perder la conciencia.
¿Hay algo más puro y obsceno que tus besos, que la absenta delirante que envenena mi boca?
Texto robado de: http://juanantoniobj.blogspot.com/
Nadie debería juntar sus ganas y dejarlas escondidas en el cajón de los calcetines.
Nadie debería permitir que las cosas sean más feas y más tristes, ni siquiera en honor a la justicia. Ni siquiera por buscar el equilibrio, porque de poco vale una balanza equilibrada a la que le hemos tenido que quitar peso del lado de las cosas buenas, de la entrega infinita y desinteresada.
Nadie debería ceder ante el impulso de esta sociedad egoísta, que nos arrastra por el asfalto de la gran ciudad para quemarnos la piel, para arrancarnos las ganas de hacerlo mejor.
Nadie debería dejarse caer por el barranco de la comodidad y los corazones decepcionados porque en el instante en el que su espalda arañada toque tierra, todos comenzaremos a lapidar nuestra propia esperanza, y acabaremos por olvidar lo necesario que es hacer cada día algo que merezca la pena.
Nadie debería cambiar a peor… porque ese día, tú, yo y todos saldremos perdiendo.